El Tintero RCF |
Poesía, narrativa, dibujos y más locuras de la mano de tres autores tan buenos como desconocidos. |
(El día de hoy, un cuento perdido del 2009)
Con vacilaciones subterráneas y profundas que salían de su alma joven e introvertida, René por fin se animó a aceptar la eterna invitación que cada fría mañana del último tiempo su compañero Nicolás le hacía poco antes de entrar a clases, en el parque, donde los autos de amontonaban y el rocío matutino inevitablemente mojaba sus zapatos, dando la falsa ilusión de haberlos lustrados.
Nicolás que cada mañana hacía la invitación lo miró con sorpresa, pues nunca hubiera creído que el otro aceptaría tal propuesta. Aunque en un inicio era una oferta seria, tenía tan asumido que no aceptaría después de todo este tiempo, que ya nunca lo decía con serias intenciones y ahora se hallaba en un genuino dilema. ¿Llevar a ese pobre a la desenfrenada parranda del fin de semana?
René notó en la cara de su compañero, cuando le dijo que iría, que él no se los esperaba. Comprendió que ya nunca lo decía con seriedad o interés verídico. Siendo René tan tácito, sumido en sus pensamientos y poesías no entendió que ya no era más que una broma permanente y longeva de los últimos dos años.
Mas Nicolás no podía retractarse ahora, como se negaría a llevar al poeta si llevaba proponiéndoselo hace tanto. Hubiera sido estúpido e hiriente. Así que asintió y confirmó la invitación con entusiasmo mientras caminaban a las aulas. Se separaron para ir a sus respectivas salas.
Estando ya sentado se quitó su parca, y vio como lentamente llegaban sus amigos, pues el siempre llegaba primero, cuando la sala seguía fría y lo único que había por hacer era dormir sentado, apoyando el rostro en la gélida madera de la propia mesa.
-¿Qué? Cómo has invitado a ese huevón- le reprimían sus amigos una vez enterados de los acontecimientos recientes.
-A nadie le cae bien, solo tú le das bola de repente- dijo
Qué. Cómo, cómo has invitado a ese pelmazo decían uno a uno sus amigos cuando les informaba de los acontecimientos recientes. ¡Va a estar de sobra! ¿Quién lo va a cuidar? A nadie le cae bien más que a ti. Y era cierto, a nadie le caía realmente bien, por lo introvertido y extraño que era. Pero él se apiadaba del poeta, le intentaba conversar a pesar de que el otro nunca respondía o se interesaba, y por eso mismo insistía en invitarlo a salir un fin de semana. Quizá Nicolás sentía cierta empatía por el silencioso René pues él también se consideraba un tímido por naturaleza, y a veces se sorprendía del grupo de amigos de que tenía. Pero tocó el timbre y empezaba un nuevo día de clases.
Ese viernes, René jamás llegó a la fiesta, ni contestó su teléfono.
-FFM
De toda la gente que viene aquí a leer, hay una persona que me hace más llevadero este trabajo como guardia de pacotilla, sin ninguna autoridad real, ni más función que llamar a la policía si algo de verdad ocurre (Así como mis colegas, los guardias municipales).
Ni los viejos añosos de pelo blanco que vienen a leer la prensa -que podrían leer perfectamente en casa para no quitarle un puesto a los desesperados estudiantes que buscan silencio- hacen lo que él hace. Y una se pregunta ¿Es tan difícil? ¿Realmente cuesta tanto? Es cosa de respeto. De toda esta gente, debo ver con frecuencia a la mitad, una fracción que por una variedad de razones no puede leer en casa ni en sus facultades. Uno esperaría un ademán. Un gesto que conozca nuestra existencia, por nimia que sea en sus vidas, al menos por fuerza de costumbre. Pero no.
Él llega y saluda a la recepcionista, al guardia de la escalera (Que tanto le gusto, oh) y luego en la sala a mi y a mi colega. Se sienta y lee unas buenas horas, se compra un café… A veces sucumbe cansado y duerme un rato sobre sus libros y hojas, y parece tan calmo. A la hora de irse, usualmente a las 7:30 u 8PM, toma sus cosas echándolas desordenadamente a su mochila, como ansioso del escape, y sin embargo se da el tiempo de despedirse de todos acá, siempre a mi con una gran sonrisa. Una sonrisa que no le da a los demás.
Su vida pasada las puertas de esta biblioteca es un misterio para mi, pero me lo imagino tan correcto, tan gentil. Por sus libros, no estoy seguro de qué estudia, o si estudia siquiera… Parecieran ser solo historias y tonterías. Y a pesar de eso, las lee concentrado, analizando, haciendo esquemas, como si de esos personajes que estudia dependiera su vida. Admito, es un poco raro, pero no es malo.
¿Saldrá de parranda? ¿Vivirá solo? No podía saber nada, solo me queda imaginármelo: Tiene 20 a 24 años, de por los alrededores. Es un poco solitario, pero sabe festejar con la gente adecuada. Le gusta beber, prefiere el pisco. Estudia algo medio artístico, no se qué… Unos dirían que está un poco loco. Además, siempre es amable y saluda a todos los guardias en todos los lados que frecuenta.
Si me conociera, si le hablara, no le importaría que fuera guardia. Él supera esas tonterías de prejuicios, todo lo terrenal y superficial a el no le importa. Y todo esto lo sé por verlo leer. No le importaran mis dientes, mi cuerpo como palo, ni mi probable eternidad encerrada acá, como guardiana. Es más; lo hallaría fantástico. Las 3 o 4 veces que viene cada tantas semanas las pasaría conmigo; que mejor que tenerme aquí, donde tanto pasa.
Y no obstante todo esto, yo que lo imaginaba inmaculado, interesado en mi, con sus grandes sonrisas y ademanes de cada día, el ocasional qué tal que acompañaba sus saludos… Hoy la vi entrar con una niña. Más alta que yo, y más linda que yo, que leía con la misma voracidad, y con quien compartía risas ahogadas que yo silenciaba con más dureza de la usual, netamente por celos, por una envidia absurda que tengo de un hombre que no conozco.
Se han ido a almorzar, y me hallo ilusa, angustiada. Hasta enojada con él, sabiendo que no tengo ningún derecho a estarlo, enojada con el único que me saluda en este trabajo. Contrariando toda sanidad, me he asomado por la ventana de atrás abandonando mi puesto. Los vi entrar al mercado, donde comieron sentados en el piso, para luego besarse sonrientes.
El maldito ingrato me ha destruido, yo que tanto lo quise. Ojalá nadie nunca nos saludara.
-FFM
Cuando despertó, sintió su calor femenino apegado su propio cuerpo, el aroma dulce de su pelo, las palpitaciones más profundas de su complexión delgada y el agradable ritmo con el que inhalaba y exhalaba, expandiendo su pecho en respiraciones largas y relajadas. Las sabanas ocultaban su desnudez, pero se lograba adivinar con facilidad gracias a lo delgadas que eran estas, y gracias al fuerte sol que se colaba por las cortinas, que parecía más propio de verano, como si el astro se hubiese perdido en esa mañana otoñal. Por las mismas cortinas, se escurría la brisa marina que tanto le agradaba, y que le recordaba que no estaba en su ciudad, que no estaba en casa, que nadie lo conocía acá.
Estaba un poco confundido por todo lo ocurrido ayer; últimamente había ocurrido más de lo usual, muchas de las veces sin buscarlo. Pero no había que confundir la confusión con una queja. La confusión era lo que seguía esas noches de juerga que la parecían tan impropias, terminaran o no así. No eran quejas. No se podía quejar de su suerte. La mayoría no se cuestionaría la naturaleza de aquellas sensaciones y momentos; es más, la mayoría lo felicitaría, después de todo, era lo que se esperaba de él. Otros, un número de sus amistades, lo cuestionaría un poco, reprobándolo de cierta manera. ¿Dónde se hallaba él? Pensaba que en el medio. Sabía con certeza que había pasado del extremo renuente al justo medio, que era lo más sano. Aún no se contentaba en las mañanas, pero en el momento, durante la noche, era emocionante, ecléctico, hasta significativo.
Por varios minutos no supo que hacer. Ella estaba apoyada de tal manera en su pecho que moverse la hubiera despertado. Además, tenía una de sus largas y huesudas piernas cruzada sobre las suyas. Pensó que si la conociera, sabría que tan pesado era su sueño, sabría que prepararle en la cocina mientras dormía. Se entristeció. Quería darle un rostro, darle una persona a ese cuerpo inerte junto al suyo. Era solo una amante anónima más, quizá más triste que él mismo.
Finalmente resolvió moverse lentamente para liberarse de su prisión de piel y sabanas. Ella giró, aparentemente aún dormida, y se acomodó para mirar al otro lado. Él se vistió con lentitud y se preparó un café, buscando una taza entre la infinidad de vasos de la noche anterior. La enjuagó y se sirvió el café. Lo bebió pensativo mirando por la misma ventana de los rayos de sol y brisa marina. Llegó esa culpa que lo invadía a veces, y pensó en esas pocas mujeres que si hubiera querido amar como amó a la última anónima, aunque haya sido por la noche.
Sumido en esas reflexiones sintió un ruido a sus espaldas. Giró para hallarla a ella sentada en la cama, con su largo cabello castaño cubriendo sus pechos, con la mirada algo extraviada. Era linda.
-Ah, ahí estás- suspiró ella con algo de alivio, apenas sus ojos encontraron los de él en la ruinosa habitación.
-Sí, estoy- contestó él, incomodo, sin realmente saber que decir.
-La mayoría del tiempo no están a esta hora, y suelo pretender que todo fue un sueño para no sentirme mal- dijo ella sonriendo.
Y así, de repente, ambos consiguieron rostros.
-FFM
La vi sentada en el vagón del otro tren. Leía despreocupada un libro anónimo, absorta en algún otro mundo que nacía desde aquellas páginas.
Cuando faltaba poco para partir, levantó la vista y su mirada se cruzó con la mía por casualidad. Nos contemplamos unos segundos. Una tímida sonrisa se dibujó en nuestras caras, al tiempo en que el fatídico movimiento de los trenes nos separó brutalmente, y quizás para siempre.
C.
¿Por qué hablamos palabras sin sentido?
¿Será que cada día nos volvemos más autómatas?
Ficha Clínica del doctor Lalanne:
Ictocefalolalia:
La Ictocefalolalia es una enfermedad muy peligrosa que afecta al sistema nervioso central, especialmente a la sección cerebral encargada de la razón, o lóbulo frontal y perifrontal para los entendidos.
Esta patología es altamente contagiosa y los individuos infectados deben ser tratados inmediatamente. El contagio puede ser tanto por vía oral, auditiva y ocular.
Los primeros síntomas de la Ictocefalolalia son razonamientos falaces en forma reiterada, cinismo e incluso egocentrismo. Luego, a medida que progresa el cuadro Ictocefalolálico, el paciente comienza a perder la facultad de razonar y procede a fundar su pensamiento en la inmensa base de prejuicios existentes.
En la etapa terminal, el afectado expele agentes verbales de contagio por medios orales, que popularmente reciben la denominación de “cabezas de pescado” (he ahí el origen del nombre de tan mortífera enfermedad). Naturalmente, la multitud se siente atraída por estas palabras repletas de mentira; no las medita, solo las acepta y las practica como si fuesen una verdad absoluta; lo cual resulta una paradoja si consideramos que a nadie le gustan realmente las cabezas de pescado, al no ser un alimento particularmente sabroso o apetitoso.
La etapa terminal y muerte del paciente se produce inicialmente en su medio interno, pero el sistema continúa funcionando indefinidamente a pesar de la putrefacción que se comienza a acumular en las entrañas del afectado. Puede darse el caso de que haya una muerte total debido a una excreción oral excesiva de materia Ictocefálica, lo cual provoca el deceso debido a la obstrucción de la vía respiratoria.
NOTA: La descripción corresponde a una copia fidedigna del manuscrito de las investigaciones del Dr. Lalanne, encontrada en un recoveco de la biblioteca del hospital regional.
Me pidió gamba o cien para comprar el helado, para el regalón. Luego me pedirían luca o mil para comprar el set de lápices importados en oferta exclusiva. Yo nunca supe si darles gamba o cien, luca o mil.
-FFM

Saliendo del tren, el viejo caminó lentamente por las avenidas de su infancia, viendo a la gente correr tanto por deporte como por sus vidas. Vio la ciudad infrenable; los edificios una vez altos eran pequeños, y los nuevos gigantes serían reemplazados en unos años en la eterna búsqueda de espacios imposibles. Una ciudad desconocida, totalmente distinta a la que recordaba, donde se crió y jugó. Solo entonces miró a su derecha para ver al niño de su mano. Tenía los ojos brillantes, estaba contento de volver del campo a su hogar, tal como lo conocía.
-FFM
Escrito el año 2009. Inspirado en la canción homónima de Camilo Artigas, la cual pueden escuchar aquí: http://discosacer.com/
A través de los años me di cuenta que tramaban algo en contra mía. Es por eso que jamás me acerqué a ellos; porque al quedar al alcance de sus siniestras ramas me exponía a transformarme en algo tan vil como ellos. Un árbol decrépito. Y es que el padre Werner Fromm nunca supo que bautizarían a un conjunto de ilusos con su nombre. Porque en cada árbol sé que hay un alma en pena, que solo busca volar hacia la libertad eterna. Volar hasta consumirse en un sueño infinito.
Cada vez que me siento en sus robustas raíces siento los susurros que claman a gritos ser liberados de las terribles ataduras terrenales. Son exclamaciones ahogadas por los años, cansadas de caer en oídos sordos. La rabia y la impotencia que sienten creo conocerla solo yo, luego de mucho tiempo de escuchar sus conversaciones mecidas por el viento. Las hojas caen a mi alrededor con ese silencio tan delicado que acompaña su vuelo majestuoso. En esta ocasión caían con demasiada frecuencia. Tal vez el otoño sea más cruel de lo normal, me dije.
Las ramas se agitan, están inquietas. Miro hacia arriba y veo el vaivén de las hojas desprendidas por el movimiento excesivo de las ramas sin un viento que las impulse. Bajo mis pies la tierra comienza a temblar producto de algo inquietante. Algo interrumpe la normalidad telúrica. Una raíz emerge de la tierra, rompiendo el pasto y la ley natural. Otras se unen a ésta y los árboles se ven libres. Al fin libres. Un sonido nuevo, placentero y extravagante inunda mis sentidos. Es el sonido de un árbol al volar. ¡Por fin! –Me dije- ahora sé qué es lo que pretendían. No quise quedarme indiferente a lo que pasaba. Entonces la gente que pasaba escuchó algo más inquietante que el vuelo de los árboles. Escucharon mi vuelo hacia la felicidad.
Dedicado a Roger Waters y a Lucas Izquierdo.
“All in all you’re just another brick in the Wall”.
…Martillos marchando, al son de siniestras notas compuestas años antes de que Max naciera. Despertó con la sábana enrollada en su cuerpo a tal punto que podría haber sido un perfecto reemplazo de una camisa de fuerza. Rotó hacia la derecha varias veces para librarse del enredo, como lo había hecho todos los días desde hace algo menos de un mes.
Max hizo el procedimiento matinal de forma completamente automática (entiéndase este proceso como ducharse, tocar guitarra, vestirse, tomar desayuno, molestar al perro y despedirse de su hermano Francisco). Enfiló hacia la universidad, a través del tortuoso trayecto compuesto por un número no despreciable de combinaciones de micros y el metro. Le asustaba especialmente el metro, sentía que era parte de una gran cinta transportadora de una fábrica o de alguna central de correos. Mientras se aproximaba a la universidad, cuando apenas faltaban unos minutos para arribar a su estación, Max comenzó a notar algo extraño en la gente. Miraba sus caras y echó de menos algo, faltaba vida en esas caras… vacías. Les faltaba expresión, ya no eran del todo humanas. Miró su reflejo en el cristal del vagón. Él tampoco tenía mucha expresión. Pensó que, probablemente, la culpa la tendría la hora; era bastante temprano. Intentó dibujar una sonrisa en su rostro. Fue inútil.
Cuando llegó a la universidad, un escalofrío recorrió su médula espinal. Humo negro salía del edificio y veía como la masa amorfa se desplazaba hacia el interior. Intentó escapar, pero era imposible resistirse al impulso provocado por la multitud que se movía inexorablemente hacia las puertas siniestras del establecimiento.
Una vez dentro, lo atacaron los pistones, el calor del horno, las llamas, los químicos, la sierra abriendo su cráneo, el exprimidor y la sustancia extraña que se insertaba en su cabeza. El profesor observaba desde su palco, accionando las manivelas y presionando botones de vez en cuando. El docente tenía una difícil tarea: este año debía duplicar la producción para satisfacer la demanda de profesionales. Tenía que trabajar a toda máquina. Un tubo acarreó a Max a una velocidad vertiginosa hacia una muralla en donde estaban parados en fila miles de individuos que esperaban de pie, impasibles. El Rector en persona les otorgaría el diploma.
Max leyó el suyo: El presente diploma certifica que el alumno –todo esto en elegantes letras góticas- 1161224J ha superado la educación superior en la central nº00042B de la Universidad Mundial. En adición, ha superado el control de calidad con 2 votos de distinción. Vio a su alrededor, entre la humareda y el vapor había una fila interminable de seres sin rostro, sin nombre… sin alma. Él se había vuelto uno de ellos. Experimentó un fuerte golpe de energía a medida que la adrenalina recorría su cuerpo y rompió la fila en la que se encontraba, corriendo para escapar de ese lugar.
Despertó. Seguía en su cama, atado a la camisa de fuerza. Menos mal que todavía no llegamos a eso, reflexionó. Pero si no cambiamos luego, me temo que no nos espera un futuro muy auspicioso. Todavía queda gente que sueña con mejor educación. Si algún día llegamos a tener salas de clase de oro y las mesas de plata, de nada nos serviría si nos olvidamos que al final lo central de la educación es la dialéctica entre el profesor y el alumno, en una relación que trasciende al mero espacio educativo. La educación, ante todo, es el proceso de humanización que toda persona debería tener. Lejos de convertirnos en un número y de intentar implantar conocimientos en nuestra materia gris, la universidad debería ser como un gran invernadero en el cual los profesores son los encargados de cuidar de los más variados y extravagantes tipos de plantas. La meta del profesor, ante todo, es hacer que la planta alcance su máximo esplendor y que sea perfecta en cuanto concierne a su especie.
Francisco contempló a su hermano. Durante 10 minutos Max había permanecido inmóvil, sentado en su cama y mirando hacia el infinito. De haber podido reírse, lo habría hecho y a carcajadas. Pero la enfermedad lo tenía confinado en un cuerpo que no le respondía…
C.
(FFM)
Con la copa de vino en la mano, André sonreía despreocupado. Fingía escuchar las historias de sus colegas, pero les prestaba poca atención; la verdad estaba ansioso porque fuera su turno de contar su último trabajo, que tanto dinero le había dado. Así, sonriéndose a sí mismo, y disfrutando su vino con lentitud, André se echaba en su sillón junto a la chimenea y veía como la gala ocurría a su alrededor ninguna precaución o problema.
De pronto escuchó en el tono del gordo Joe que el fin de su historia se acercaba, entonces hizo un ademán a su mujer, que se hallaba no muy lejos, en la mesa de billar, entreteniendo a otros invitados. Con la señal, la mujer se acercó y posó su hermosa figura junto a André, quien la tomó por la cintura y se aferró a ella con orgullo, como si fuera un trofeo. André limpió su garganta, olió el perfumado y dorado cabello de su mujer y con una sonrisa, empezó su relato:
-Joe, que quieres que te diga, has sido muy ingenioso con lo del museo, muy sutil. Eso sí, nada superará tu vieja historia en los mercados Marrakech, por allá en los setenta. ¡No éramos más que unos mozuelos locos!-
Todos rieron, incluso los que no sabían de esa vieja historia en el continente africano. A Joe se le iluminó la cara y soltó una carcajada. A su vez, mientras todos reían, André bebió un poco de su vino y posó su mano sobre la pierna de su mujer, palpando la suave seda de aquel elegante vestido azul.
-Pero camaradas –continuó el anfitrión- mi último trabajo, razón por la que celebramos hoy aquí, es de lo mejor. Siento que si se lo contara a un escritor, podría hacer algo bueno con ella… ¡pero temo que si se lo digo a un cineasta, haría una basura hollywoodense con ella!-
Nuevamente, todos en la habitación celebraron el rápido humor del elegante hombre, incluso aquellos declarados amantes de Hollywood.
-Y es que es de un gran ingenio, pero, antes que todo, debo permítanme mostrarles esto- dijo con su voz grave y serena el hombre. Se arremangó levemente su esmoquin, y mostro una gran venda y parche en su brazo izquierdo. Hubo gran asombro entre los asistentes, lo que complació a André.
-Sí, no piensen que esta herida de bala es por falta de precisión en el trabajo, no, fue parte del plan. Verán, la gran joyería y galería Champs Verts en el centro de la ciudad tenía en exposición temporal los invaluables diamantes negros que supuestamente pertenecieron a la última dinastía persa. Un coleccionista me expresó su interés e ideé una forma sencilla y rápida de obtener el botín. Tomando en cuenta que la exposición casi acababa cuando me contactaron para este trabajo, solo tenía unos pocos días para robarlos. Me acerqué a mis colegas y pronto supimos con precisión que hacer; fue mucho más sencillo de lo que uno se imaginaría. En menos de diez minutos, nos hicimos del objetivo; y con mínimo riesgo-
-¡Diez minutos!- exclamó el gordo Joe desde su asiento, casi atragantándose con su coctel- ¡Eres un demente!-
-Así me han llamado varias veces- sonrió André- Las cosas sucedieron así: Me senté en el local fuera de la joyería una buena hora, esperando un momento en donde hubiera poca gente adentro, para minimizar riesgos. Con paciencia esperé bebiendo un café, y pronto Champs Verts se halló vacío. Entré son tranquilidad, y pronto una mujer me atendía amablemente. Coticé varias joyas, y fingí sorpresa al ver los grandes diamantes negros en su gabinete reforzado y asegurado. Mientras observaba los diamantes, desde afuera y con gran velocidad entraron dos hombres vestidos enteros de negro, enmascarados, armados y furiosos.
-¡Todos al piso, mierda!- exclamó uno disparando a los cielos, destruyendo el cielo falso, que se derrumbó a pedazos polvorientos. Un guardia intentó desenfundar su arma, pero fue noqueado con poca dificultad. Los otros dos guardias siguieron. La mujer que me atendía corrió hacía unos pasillos desconocidos solo para ser seguida y luego amordazada en una habitación posterior.
Yo me arrojé al piso de la joyería, con gran pánico y miedo. Uno de los hombres me pateó ligeramente y me insultó a viva voz. Con esto, los ladrones se apresuraron a dispararles a todas las cámaras de seguridad, que a juzgar por la velocidad con que lo hicieron, tenían contabilizadas. Con este trámite hecho, y contrariando la obviedad, los ladrones no robaron ninguna de las muchas joyas expuestas; no. En ese momento me puse de pie y saludé a mis compañeros.
-No tenemos mucho tiempo- les dije- Hagámoslo rápido-
Los muchachos rompieron con unas herramientas el grueso vidrio que separaba a los diamantes negros del mundo. Como esperábamos, sonó la alarma de pánico y la policía fue contactada automáticamente.
-Rápido, a prisa- susurré.
Tomaron los diamantes y los pusieron dentro del pequeño bolso que yo cargaba. Con esto hecho, uno de ellos desenfundo su revólver y me apuntó, dudando.
-Estoy listo, Pepe- dije yo, apretando los dientes.
Así, Pepe me disparó a un escaso metro en mi brazo izquierdo, cuidando no dañar mucho los huesos. Sentí un inmenso dolor y vi como lo sangre bombeaba hacía afuera. Caí al piso rendido con un alarido. En el piso, los muchachos me patearon un poco, para verme un poco peor. Entonces salieron corriendo tan rápido como llegaron.
Pasados unos pocos minutos más, la policía empezó a llegar al lugar. Fuerzas especiales hicieron ingreso a la joyería tácticamente, solo para darse cuenta de que los ladrones ya estaban de fuga. Su miedo se confirmó.
-Sí, han robado los diamantes negros, cambio- escuché decir a uno por la radio- Tenemos varios heridos, uno por arma de fuego-
Luché por mantenerme consciente por sobre el dolor. Por suerte lo logré, y pude ver como se concretaba el final de mi plan. Pronto llegó la ambulancia y fui trasladado en una camilla hacia ella, totalmente inmovilizado. El paramédico se preocupó de tomar mi bolso, y pronto nos hallábamos camino al hospital. Me presionaban la herida con vendas para detener la sangre, y pusieron sobre mi boca una mascarilla de oxigeno. Entonces miré a mí alrededor y vi en la rápida ambulancia no solo a dos paramédicos, sino que además un policía que me escoltaba hacia el hospital-
-¡Guau!- exclamó una de las visitas en el salón – ¿Y cómo pudiste escabullirte con las joyas?-
-Siempre supuse que eso podría pasar, por lo que tenía todo controlado y ponderado. Quizá algún día podrían enterarse que trabajaba con los ladrones de la joyería, pero jamás sabrían que también lo hacía con los dos paramédicos- contestó sonriente André- Con el policía mirando a otro lado, rápidamente uno de los paramédicos escondió mi bolso dentro de uno de los botiquines. Después perdí la conciencia, pero me relataron los hechos; llegamos al hospital donde fui ingresado a la sala de urgencias donde trataron mi brazo, y una vez tranquilo, varias horas después, fui interrogado e inspeccionado por la policía. Respondí todas las preguntas con naturalidad, fingiendo miedo… pero en un momento me tuvo en jaque. El policía preguntó por el bolso que traía; era un hombre vivaz. Rápidamente pensé que negarlo sería delatarme inmediatamente, por lo que simplemente esperé lo mejor y respondí lo único que podía responder “Quizá se ha quedado en la ambulancia”. Enyesado y vendado, el policía me hizo acompañarle a la ambulancia, que por desgracia no había salido a otra emergencia. Admito que sentí miedo, preocupado de haber fallado en prever este posible escenario; Ahora con mi bolso desaparecido, la confabulación con mis colegas médicos infiltrados sería obvia; pero algo inesperado pasó; Abierta ya la ambulancia, me sorprendí al ver mi bolso ahí. El policía lo abrió para encontrarlo vacio-
-¿Qué?- gruñó Joe- ¿Y los diamantes?-
-Mi colega infiltrado por fortuna fue más inteligente que yo, y pensó en ese escenario. Una vez que fui bajado de la ambulancia y ya estando solo, traspasó los diamantes del bolso al botiquín, que luego se llevó a escondidas hacia el hospital, para luego escabullirse con ellas-
-Qué gran confianza tienes en estos hombres; yo me habría escapado con las joyas y te hubiera olvidado- rió el gordo Joe con su risa ahogada por los años fumando –Suena mal, pero soy franco, ¡ja!-
-Acá todos somos ladrones, te creo, Joe- contestó André con una carcajada- Y he ahí el error de mi colega. Cegado por la avaricia, no supe de el por varios días, en los que temí haber perdido los diamantes. No obstante, la culpa pudo más, y pronto mi colega me llamó a mi teléfono. “Quiero re-negociar mis ganancias… después de todo yo salvé la operación” me dijo. Accedí gustoso, claro, tenía razón. Pasados unos días, coincidimos todos los integrantes de la operación en la vieja fábrica abandonada por el lado oeste de la ciudad. Conversamos francamente, y cuando todo parecía llegar a buen puerto con el nuevo arreglo, en vez de darle mi mano a mi colega, le disparé tres veces quitándole la vida-
Todos en la habitación enmudecieron instantáneamente, la historia tomando un matiz más oscuro.
-Entonces me dirigí a mis otros tres colegas, estupefactos –continuó André- y les dije: “Así se trata a los traidores en mi empresa”. Ellos asintieron lentamente, aún sorprendidos. Allí se notan los novatos ¿No?- rió André.
Todos en la habitación rieron débilmente.
-Sí… continuó André- Quizá debí haberlos matado a todos nada más, ¡y quedarme yo con todo!- exclamó con una carcajada el ladrón ante sus distinguidas visitas.
Ahora, todos rieron fuertemente, ocultando su miedo.
-Y sí… me faltaba un detalle, también maté al hijo de puta que me disparó en el brazo. Así que al final repartimos el pago entre tres-
-Espera, espera André- interrumpió el gordo Joe, que parecía ser el único realmente encantado con la historia- ¿No era esa parte del plan para que te llevaran en la ambulancia?-
-Sí, pero soy zurdo-